El bar del Tubo
Mi abuelo tenía un bar en el Tubo, en pleno centro de Zaragoza. No era un bar cualquiera — era el tipo de sitio donde las mismas cuatro personas se sentaban cada tarde a las seis en punto a jugar al guiñote. Sin falta, sin excepción, durante treinta años.
Yo me sentaba en un taburete detrás de mi abuelo y le veía jugar. No entendía nada, pero me fascinaba la tensión. El silencio cuando alguien pensaba la jugada, el golpe seco de la carta sobre la mesa, y luego la explosión de voces cuando alguien cantaba las cuarenta.
Las señas
Lo que más me impresionaba eran las señas. Mi abuelo se mordía el labio de una forma casi imperceptible y su compañero Paco asentía sin mirarle. Años después entendí que eso significaba que tenía el As de triunfos. Era un idioma secreto que solo ellos dos hablaban.
Una vez le pregunté: "Abuelo, ¿eso no es hacer trampas?" Se rio y me dijo: "Esto no son trampas, esto es el guiñote. El día que aprendas a leer a tu compañero sin hablar, habrás aprendido a jugar de verdad."
La herencia
Mi abuelo cerró el bar en 2015. Ya no podía con el negocio. Pero guardó la baraja — la misma baraja gastada con la que había jugado miles de partidas. Me la dio a mí.
Hoy juego al guiñote con mi padre por la app desde Madrid. No es lo mismo que estar en el bar, pero cuando le canto las cuarenta por el micrófono, algo de aquella mesa vuelve. Y la baraja de mi abuelo sigue en mi cajón, esperando la próxima sobremesa familiar.


