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Historia de jugador

A 300 km de la mesa

Publicado 5 de marzo de 20262 min readPor Javier R.
A 300 km de la mesa

La mudanza

Cuando me vine a Madrid por trabajo hace tres años, sabía que iba a echar de menos muchas cosas de Teruel. La tranquilidad, el jamón de verdad, los amigos de siempre. Pero lo que más eché de menos fue algo que no esperaba: las partidas de guiñote de los domingos.

En casa de mis padres, la sobremesa del domingo es sagrada. Se come, se habla, se discute de política, y luego alguien saca la baraja. Siempre ha sido así. Cuando dejé de estar, la mesa se quedó con tres.

El reencuentro digital

Mi hermana me mandó un enlace por WhatsApp un domingo después de comer. "Descárgate esto, que hoy juegas." Era Guiñote+. Me lo instalé sin mucha convicción, pensando que no sería lo mismo.

La primera partida fue rara. Mi padre tardó diez minutos en entender cómo funcionaba. Mi madre nos daba instrucciones desde detrás de la pantalla de mi padre, que técnicamente es hacer trampas pero nadie se atrevió a decírselo.

Pero cuando mi padre me cantó las cuarenta y le escuché reírse por el altavoz, algo encajó. No era la mesa del comedor, pero era la misma risa.

Los domingos

Ahora jugamos todos los domingos. Es nuestro ritual. Después de comer, a las cuatro y media, todos al móvil. Mi padre ya domina la app mejor que yo. Mi madre sigue dando instrucciones desde detrás, pero ahora en el chat de voz.

A veces pienso que el guiñote es la excusa perfecta para no perder el hilo. Para que 300 kilómetros no sean 300 kilómetros. Para seguir sentados en la misma mesa aunque cada uno esté en una ciudad diferente.

El próximo mes bajo a Teruel para las Fiestas del Ángel. Hemos quedado los cuatro para jugar en la mesa de siempre. Con la baraja de siempre. Pero esta vez, cuando gane, no podrán echarle la culpa a la conexión.

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